martes, 10 de febrero de 2009

Naturaleza muerta

Tú sabes un montón de cosas -cuánto te
envidio-. Cuando yo aprenda lo que tú sabes,
cuando sepa lo que tú sabes, podré matricularme
definitivamente en el laberinto afásico de los gestos.
Recuerdo que cuando te tocas el cabello una princesa
salta asfixiada al torpe, perdón, quise decir
troupe, con la risa diluida en sambenitos.
Eres como el haz del sesgo del trote de la princesa
de la envida de lo que sabes. ¡Ah!
¡Qué poca novelería!
En tus eses, desayunan los murciélagos
tostadas de aceite con azúcar
y van jugando con los picaportes
de tus ojos en contínuas danzas macabras.
Si yo supiera tanto de montes, de ríos,
de cabañas en mitad del espacio,
me iría corriendo a suplicarte un disfraz,
un poquito de tus dientes; un balbuceo
frente a la pecera -que no sé si tienes-.
Te conozco tan poco... Y de entre toda
la naturaleza muerta, van quedando aceites
curativos, bálsamos pensantes, unciones
de vidrio. Yo no sé nada a tu izquierda,
ni a tu derecha. Miento como un ruidoso.
Entre los rincones de mi cuerpo,
abaleo epítetos con el fin único
de acabar un poema que tú no sabes escribir.

4 comentarios:

emigrante dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
emigrante dijo...

pero si abaleas demasiados epítetos al final tienes que encargarte tú de cuidar al nombre. demasiado fangoso ese terreno, para mí.

maravilloso, este grito en la frente.

PA TO L@S KILL@S dijo...

Por dios, me he quedado entre el aceite y las unciones de vidrios, no se si a la izquierda o la derecha, pero creo que natural.

Refe Arezagui dijo...

que bonito sería que todos escribiéramos poemas, aunque no supiéramos; escribir... escribir... Y sí... cuántos condicionales... y cuánta falta de coraje... Pero estas cosas sirven para aprender lo que uno quiere, y lo ideal... lo que uno merece... En fin... Muchos besos amor.