miércoles, 16 de junio de 2010

Gracia

Cuando la tarde aún no ha caído
y las barandillas del puente se han vestido
de sombra roja, el sonido del viento va
sembrando de laureles las ventanas;
a los niños les nacen improperios, las viudas
festejan el luto con una rosa en la palma,
el alfarero yace bajo los luminosos de zapatos...
Por Asunción cantan saetas los titirimundis
y arlequines blancos acarician el deseo
de la madre triste que no tiene pañales.
Y por el corte de luz se asoma Gracia
con una gafas de sol enormes, media
vida en su rostro y un pañuelo de seda
laureándole el cuello. Por las vértebras
de sus manos desciende el mito
que entre volantes enhebró su garganta,
prisma de un río fértil de cancioneros
y en donde muere la onda de silencio
que se la llevó en barcos de alhucema.
Alfeñique de un cantar que resucita
en su perfil de sombra bajo las astas
del sol sevillano. Su eco, aún misma
velocidad, llora con la Maredeueta
entre las barracas del pensamiento
y deja sumida su garganta en un infinito
"la" que gira por el asfalto como una peonza
de miel que cae de los labios de un
prematuro.