he dejado de arrojarme a la nada.
Salgo de paseo con las tiznes a cuestas,
acechando tu piel rojiza por entre las pestañas,
siguiendo el hilo que va desde tu sangre a
mi encéfalo. Dejarás de buscar
como yo también dejo de lado hacer la cama
los días de luto y un aire caliente
terminará por apretarnos la chalina
en un ¡ay! de boca espesa y amarillenta.
Solos, como quien deja la saliva
en otra boca bañada en menta, como
cuando recordamos la inseguridad
de una excusa, como si la piel
nos mudara cada segundo
-y no ser ya más-.